Como Profesor de Ciencias Sociales, me siento en la poderosa obligación de abordar, lo más abiertamente posible, un valor social y civil del que gozamos, pero nos cuesta entender su real importancia y formas de ejercitarlo. Me refiero al valor de la Democracia, vista ésta como una forma de vida que debe aprenderse desde sus hogares, reforzándose positivamente en los Colegios, con todas las correcciones académicas que debe practicársele, para lograr una creciente, activa y constructiva participación en todos los círculos a que pertenezcamos como miembros: nuestro Estado, nuestra escuela nuestra familia.
La Democracia la consideramos como un valor, ya que se manifiesta como una forma de vida y se expresa en todos nuestros actos cotidianos, hermanada con otros valores sociales y personales como la Libertad, la Tolerancia, el Respeto, el Diálogo y la Solución Pacífica de los Conflictos.
Aun cuando en estas últimas décadas la democracia se ha perfilado como el sistema político en que se desarrolla la vida de los países latinoamericanos, el sistema democrático no ha sido capaz de dar respuesta a todas las necesidades sociales de sus naciones. Esta situación se produce, en parte, por la incapacidad de los gobiernos para dar solución a las graves desigualdades sociales que han caracterizado al continente, pero también por la inexistencia de una institucionalidad realmente democrática. Los sistemas democráticos coexisten con una tradición política arraigada en el autoritarismo y la inexistencia de normas de tolerancia política o participación democrática.
Para que los miembros de una sociedad convivan en forma democrática no sólo deben nacer en una sociedad que elija sus representantes por medio del voto. Es bien sabido que no se nace demócrata, el demócrata se forma, las personas deben ser educadas para desenvolverse en una democracia. “Así como no se aprenden la biología, la matemática, a leer o escribir por el solo hecho de estar en el mundo, tampoco se aprende a vivir en democracia y respetar los derechos humanos por el solo hecho de vivir en una sociedad democrática y en una cultura respetuosa de los derechos humanos. Nadie puede negar que esta sea una condición necesaria, pero todos sabemos también que no es una condición suficiente. Se requiere intencionar deliberadamente este aprendizaje”.
Si reconocemos que para vivir en democracia debe desarrollarse un aprendizaje, entonces el sistema educativo asume una gran responsabilidad. Como mecanismo de socialización secundaria del ser humano, después de la formación familiar, la escuela entrega no sólo conocimientos, sino que desarrolla habilidades y valores en sus estudiantes que les permitirán formar parte de la sociedad a que pertenecen. Hoy en día en nuestro país, aun cuando se ha reconocido la necesidad de educar a los jóvenes para que se integren participativamente a nuestra sociedad, la cual aspira a ser democrática, debemos reconocer que las estrategias que se han implementado para lograr este objetivo son insuficientes. Aun cuando, con el retorno a la democracia, el gobierno sostiene como una prioridad en su agenda revertir la fuerte influencia que tuvo el anterior autoritarismo sobre las estructuras sociales chilenas, las acciones desarrolladas en relación con el sistema educacional son insuficientes y en ocasiones contradictorias.
Desde el ámbito de la gestión de los establecimientos educacionales también se desarrollan acciones para incorporar los valores de la democracia a la convivencia escolar, las cuales resultan insuficientes. El Ministerio de Educación recomienda implementar un sistema de gestión democrática en las escuelas, incorporando en los lineamientos de la gestión educativa la convivencia democrática como un principio central en la vida de la escuela. Sin embargo, también debemos reconocer que en las prácticas pedagógicas dentro de la sala de clases se mantiene, en muchos casos, un modelo autoritario y poco participativo, lo que se traduce en una contradicción básica que impide desarrollar un modelo de convivencia democrática en un nivel general. La convivencia democrática debe llevarse a cabo en todos los ámbitos de la vida escolar, de modo que se refuercen mutuamente y se logre efectivamente formar a los miembros de la comunidad escolar en y para un sistema nacional de convivencia democrática.
Podemos deducir entonces que las experiencias que se han desarrollado en las escuelas chilenas para formar personas tolerantes, respetuosas, responsables y participativas que puedan convivir en y para la democracia, son más bien insuficientes para garantizar que nuestro sistema democrático se sostenga.
Las escuelas parecieran estar más preocupadas de instruir a sus alumnos, al más bajo costo posible, para incorporarlos a un mercado laboral cada vez más competitivo, dejando de lado el que fuera su principal objetivo: el desarrollo integral de las personas. Pareciera necesario que la escuela resignifique su sentido, de modo que retome su sentido original. La escuela no sólo debe formar a sus estudiantes en las habilidades que les permitan incorporarse a la vida económica de su sociedad, sino que debe constituirse en un espacio de convivencia para que sus miembros se formen en y con los valores que deberán poner en práctica al incorporarse como miembros a su sociedad democrática.
Sin embargo, las escuelas poseen dificultades para incorporar a sus alumnos en prácticas participativas. Generalmente cuando las escuelas poseen instancias de participación como los Consejos de Curso o los Centros de Alumnos, las funciones que cumplen se limitan a la organización de actividades recreativas o deportivas. Los estudiantes siguen manteniéndose fuera de los procesos de toma de decisión que realmente les permiten formarse integralmente para incorporarse a una sociedad democrática. La participación debe generar oportunidades y posibilidades para que los alumnos tengan control sobre su propio proceso de formación, implementando sistemas de trabajo colaborativos, donde se favorezca el diálogo y se otorgue un sentido de responsabilidad a la participación.
Desde esta perspectiva, la metodología propuesta constituye un importante aporte a la educación para la democracia, en la medida que trasmite a los futuros docentes no solamente un contenido relevante para la formación de sus alumnos, sino que incorpora el aprendizaje de metodologías que permitirán enriquecer el proceso de enseñanza-aprendizaje que desarrollarán con sus alumnos, especialmente en el ámbito valórico. Aun así, el efecto de esta metodología sobre los aprendizajes de los jóvenes en relación con su formación democrática dependerá, poderosamente, de la capacidad de los futuros docentes de implementar actividades que se traduzcan en experiencias reflexivas para sus alumnos.
De tal forma, alumnos del Colegio María Reina, queda entregada a ustedes, una tarea que no debe cesar: cultivar la democracia como muestra de nuestra libertad de espíritu, de la búsqueda de nuestros ideales y los de nuestros semejantes. Que no dude el pie a avanzar para conseguir lo que consideramos justo, con respeto, con tolerancia y con el diálogo inteligente que ustedes aprenden cada día.
El que entendió mis palabras, recoja su bandera de lucha y avance; el que no, tarea para la casa…, que es desde allí en donde debe comenzar vuestra formación democrática: entiéndanlo..!!!
(Extractado de “LEIVA NEUENSCHWANDER, Pedro Ignacio. EDUCACION PARA LA DEMOCRACIA: RECUENTO DE EXPERIENCIAS INTERNACIONALES. Estud. pedagóg. [online]. 1999, no.25 [citado 25 Mayo 2008], p.91-112. Disponible en http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-07051999000100006&script=sci_arttext >.ISSN 0718-0705.”)
